Hablar de los muertos con superioridad de vivo es moda
reciente. (Escolios Nuevos, p. 127)
* * *
[Por favor prescinda de lo siguiente si lo anterior es claro
para usted, como de hecho deseo].
Comentario (con perdón de don Nicolás y de los
lectores):
“Nos comemos nuestras propias ideas”, dice algún estudioso
del hombre, queriendo explicar la variedad alimentaria del hombre sobre el
planeta: unos comen gusanos, otros, perros, otros, huevos crudos de pato,
otros, hormigas asadas, algunos, músculos de cuadrúpedo, muchos, cosas que
crecen en la tierra, hacia adentro o hacia afuera, y animales del agua, y del
aire… Todas cosas que no resultan repugnantes (idea) a quien se alimenta de
ellas, hecho patente cuando es hábito generalizado (cultura), y que se saben o
suponen (ideas) comestibles, nutritivas, etc. Se elige o rechaza según lo que
capte la inteligencia.
Toda cultura es conjunto apretado de elecciones y rechazos:
cada realidad conocida se valora, y se a-precia
o se de(s)-precia, y las elecciones
se mantienen o varían, y aparecen rechazos y amores. Como el conocimiento es
mediador, en todo opera lo que se cree y lo que se sabe; por eso influye el
filósofo, el científico, el propagandista ideológico o comercial, el
manipulador de cualquier ralea, y todo lo que vemos y oímos…
El hombre moderno o no aprecia o desprecia (a) lo(s) viejo(s), (a) lo(s) muerto(s), (a) lo(s) antiguo(s): como
los animales, sólo sabe valorar lo material presente, lo que resulte útil a su
instinto básico, y éste corrompido: lo que sirva para “vivir” cómodamente, lo
que dé placer…: lo que mejor satisfaga su apetito animal. Nada se ama por sí
mismo, nada por su belleza, nada por su verdad, nada por su bondad.
El hombre que acepta el conjunto de valoraciones de lo que se
llama modernidad, el mundo de hoy —¿usted, lector?— es ser antihumano, traidor
al hombre, ciego, sordo, mudo (en el único sentido en que importaría ser “parlante”)… Y, como el ladrón, que juzga por su
condición, el hombre que se cree un producto de la evolución (no creado por ser amado por Dios), que se
cree intruso en la naturaleza y depredador de ella, juzga como malo —des-precia—
a la única creatura que es imagen y semejanza de Dios; y así pierde el único
objeto digno de su amor: Dios y Su imagen. Realmente no ama nada, ni vivo ni
muerto.
Pero si la modernidad
ya cuenta más de dos siglos, ¿por qué apenas ahora…? Muchos años de podredumbre
producen frutos putrefactos; y esta es la cosecha propia del hombre tonto, hijo
sumiso de esas ideas.
¿Y qué tienen los
muertos, pues, para ser respetados, amados, venerados…? Pues ellos no pierden
la impronta de la divinidad por morir, se hacen objeto de especial respeto por
haber culminado su carrera, desaparece para el vivo su movilidad y su huella
puede observarse con la “tranquilidad” de la narración terminada, y sus obras
adquieren la madurez (lo clásico) o la putrefacción del tiempo (lo pasajero, la
moda)…
¡Siglos de sabiduría
acumulada se pierden en nuestro irrespeto irreverente; acumulación grandiosa de
vanidad cursi se adueña de nosotros por esa superficial mirada a la muerte, a
los muertos! ¡A qué lamentable condición hemos llegado!