Escolio CCXCIV


Hablar de los muertos con superioridad de vivo es moda reciente. (Escolios Nuevos, p. 127)

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[Por favor prescinda de lo siguiente si lo anterior es claro para usted, como de hecho deseo].

Comentario (con perdón de don Nicolás y de los lectores): 

   “Nos comemos nuestras propias ideas”, dice algún estudioso del hombre, queriendo explicar la variedad alimentaria del hombre sobre el planeta: unos comen gusanos, otros, perros, otros, huevos crudos de pato, otros, hormigas asadas, algunos, músculos de cuadrúpedo, muchos, cosas que crecen en la tierra, hacia adentro o hacia afuera, y animales del agua, y del aire… Todas cosas que no resultan repugnantes (idea) a quien se alimenta de ellas, hecho patente cuando es hábito generalizado (cultura), y que se saben o suponen (ideas) comestibles, nutritivas, etc. Se elige o rechaza según lo que capte la inteligencia.
   Toda cultura es conjunto apretado de elecciones y rechazos: cada realidad conocida se valora, y se a-precia o se de(s)-precia, y las elecciones se mantienen o varían, y aparecen rechazos y amores. Como el conocimiento es mediador, en todo opera lo que se cree y lo que se sabe; por eso influye el filósofo, el científico, el propagandista ideológico o comercial, el manipulador de cualquier ralea, y todo lo que vemos y oímos…
   El hombre moderno o no aprecia o desprecia (a) lo(s) viejo(s), (a) lo(s) muerto(s), (a) lo(s) antiguo(s): como los animales, sólo sabe valorar lo material presente, lo que resulte útil a su instinto básico, y éste corrompido: lo que sirva para “vivir” cómodamente, lo que dé placer…: lo que mejor satisfaga su apetito animal. Nada se ama por sí mismo, nada por su belleza, nada por su verdad, nada por su bondad.
   El hombre que acepta el conjunto de valoraciones de lo que se llama modernidad, el mundo de hoy —¿usted, lector?— es ser antihumano, traidor al hombre, ciego, sordo, mudo (en el único sentido en que importaría ser “parlante”)… Y, como el ladrón, que juzga por su condición, el hombre que se cree un producto de la evolución (no creado por ser amado por Dios), que se cree intruso en la naturaleza y depredador de ella, juzga como malo —des-precia— a la única creatura que es imagen y semejanza de Dios; y así pierde el único objeto digno de su amor: Dios y Su imagen. Realmente no ama nada, ni vivo ni muerto.
   Pero si la modernidad ya cuenta más de dos siglos, ¿por qué apenas ahora…? Muchos años de podredumbre producen frutos putrefactos; y esta es la cosecha propia del hombre tonto, hijo sumiso de esas ideas.
   ¿Y qué tienen los muertos, pues, para ser respetados, amados, venerados…? Pues ellos no pierden la impronta de la divinidad por morir, se hacen objeto de especial respeto por haber culminado su carrera, desaparece para el vivo su movilidad y su huella puede observarse con la “tranquilidad” de la narración terminada, y sus obras adquieren la madurez (lo clásico) o la putrefacción del tiempo (lo pasajero, la moda)…
¡Siglos de sabiduría acumulada se pierden en nuestro irrespeto irreverente; acumulación grandiosa de vanidad cursi se adueña de nosotros por esa superficial mirada a la muerte, a los muertos! ¡A qué lamentable condición hemos llegado!