Escolio CCXCIII



Si confiamos en Dios, ni nuestro propio triunfo debe espantarnos. (T. II, p. 175)

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[Por favor prescinda de lo siguiente si lo anterior es claro para usted, como de hecho deseo]

Comentario (con perdón de don Nicolás y de los lectores):


   Este escolio parece estallar como lo hace el último de un conjunto de fuegos artificiales; tan curioso nos parece lo que dice. ¿Quién se espanta del propio triunfo? ¿Qué realidad puede ser esa? ¿De qué habla? A quienes no sorprende el gesto de un tenista triunfador que lanza su puño y golpea el aire en el estómago, o en la mandíbula (gesto antideportivo y vergonzoso), mostrando claramente que se aplaude a sí mismo y afirma rotundamente su poder sobre el otro, celebrando la derrota del contrincante, no puede sino resultar incomprensible aquello de un triunfo que produzca algo distinto de exaltación auto-laudatoria del ánimo. 
   Pero hay hombres distintos y sentimientos distintos (quizás incomprensibles para quienes no saben que hay más música que la bailable y cosas tristes que son bellas): hay hombres que luchan por bienes que no pueden conquistar, hombres que dan su vida por realidades inalcanzables, hombres que buscan algo que escapa a su control, su fuerza, su poder, y que, por lo tanto, su realización efectiva, la aparición de alguno de ellos como aparente efecto de su acción, y que por esa razón podría parecer victoria o triunfo, los sorprende inmensamente: tanto como alegra a quienes se benefician de él o de ellos; se sienten espantados como nos espantamos con algo absolutamente sorpresivo y a la vez magnífico, con aquellas cosas que, por no esperadas de la propia acción (aunque fueran muy deseadas), nos llena de un asombro abrumador, que no es por ello menos regocijante, sino más, que el triunfo posible y logrado.
   Esos bienes son la Gloria de Dios, la derrota del Mal, la conquista del Cielo. Y aunque ellos tienen culminación realmente última (o personal o colectiva), gozan de precursores modestos en las modestas vidas de quienes confían en Dios. Cuando parecen causados por la propia acción, que no es sino colaboración “estorbosa”, no pueden sino sentirse espantados, aunque estén simultáneamente tranquilizados por la conciencia de la acción divina.