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[Por favor prescinda de lo siguiente si lo anterior es claro
para usted, como de hecho deseo]
Comentario (con
perdón de don Nicolás y de los lectores):
Claro: nuestros padres no nos “hacen”: les “ocurrimos”, por
más deseados y amados que seamos por ellos. Hombres ponen el nombre a la
criatura recién llegada. Nos acomodamos al “mote”, al alias, al “nombre de
pila”: el yo se acostumbra al nombre hasta sentirlo como parte de su identidad.
Pero… ¿qué es eso que llamamos
“yo”? ¿Otro nombre para mí? ¿Quién soy? ¿Qué o quién define mi identidad? ¿Ante
quién de todos los que me “conocen” soy realmente el verdadero y desnudo y
desenmascarado ser que soy? ¿Quién conoce lo que mi yo es, no en abstracto
(hombre, ser humano) sino como ser único y singular? ¿Quién puede decir ahora,
y dirá al final, a mí y de mí: “te conozco, lo conozco”? Tal vez ni yo. ¿Qué
significa aquel “nombre nuevo” que se dará “al que venza”, escrito en una
piedrita blanca, que no conoce más que quien lo recibe, según se lee en el
Apocalipsis? ¿Cuál es ese nombre “nuestro” que nadie más sino quien lo recibe
conoce —¿re-conocerá?—, que tal vez se nos dé al final, que no conocemos por el
momento —no los derrotados—, que tan solo conoce (ya y siempre) Aquel que da la
piedra? Por lo menos parece un bello, consolador y gratificante secreto entre
Él y yo.
¡Quién pudiera responder a estas preguntas, vivir según las respuestas,
ir con paz y sosiego por la vida sabiendo que somos íntima y amantemente
conocidos por Alguien, por nuestro Origen (¿cómo, si no, sabría mi nombre, y cómo,
si no, podría darme ese algo mío?)! ¡Saber con certeza que se verán
recompensados nuestros esfuerzos de fidelidad a algo nuestro semi-ignorado, dudoso,
opaco, pero al final luminoso, puro, blanco!