Escolio CCCII

   El nombre con que se nos conoce es meramente el más conocido de nuestros seudónimos. (Escolios nuevos I, p. 75)



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[Por favor prescinda de lo siguiente si lo anterior es claro para usted, como de hecho deseo]



Comentario (con perdón de don Nicolás y de los lectores):

   Claro: nuestros padres no nos “hacen”: les “ocurrimos”, por más deseados y amados que seamos por ellos. Hombres ponen el nombre a la criatura recién llegada. Nos acomodamos al “mote”, al alias, al “nombre de pila”: el yo se acostumbra al nombre hasta sentirlo como parte de su identidad.
   Pero… ¿qué es eso que llamamos “yo”? ¿Otro nombre para mí? ¿Quién soy? ¿Qué o quién define mi identidad? ¿Ante quién de todos los que me “conocen” soy realmente el verdadero y desnudo y desenmascarado ser que soy? ¿Quién conoce lo que mi yo es, no en abstracto (hombre, ser humano) sino como ser único y singular? ¿Quién puede decir ahora, y dirá al final, a mí y de mí: “te conozco, lo conozco”? Tal vez ni yo. ¿Qué significa aquel “nombre nuevo” que se dará “al que venza”, escrito en una piedrita blanca, que no conoce más que quien lo recibe, según se lee en el Apocalipsis? ¿Cuál es ese nombre “nuestro” que nadie más sino quien lo recibe conoce —¿re-conocerá?—, que tal vez se nos dé al final, que no conocemos por el momento —no los derrotados—, que tan solo conoce (ya y siempre) Aquel que da la piedra? Por lo menos parece un bello, consolador y gratificante secreto entre Él y yo.
   ¡Quién pudiera responder a estas preguntas, vivir según las respuestas, ir con paz y sosiego por la vida sabiendo que somos íntima y amantemente conocidos por Alguien, por nuestro Origen (¿cómo, si no, sabría mi nombre, y cómo, si no, podría darme ese algo mío?)! ¡Saber con certeza que se verán recompensados nuestros esfuerzos de fidelidad a algo nuestro semi-ignorado, dudoso, opaco, pero al final luminoso, puro, blanco!